Todo comenzó un sábado normal, o lo que yo creía que iba a ser un sábado normal. Quedé con mis amigas para ir de compras, cogimos el metro y nos dirigimos al centro de Madrid, para pasar una tarde de compras entre amigas. Al entrar en una de las tiendas, sentí como si algo se moviera a mi alrededor pero cuando miraba solo podía observar ropa,gente, maniquíes y más gente. Las comenté a mis amigas lo que sentía pero contestaron con un par de risas y un: Marta, se te va la cabeza. Las hice caso y seguí mirando la ropa que había a mi al rededor.
Después de recorrernos varias tiendas, volvimos a la primera de todas para comprar una camiseta que nos había gustado. Nos recorrimos toda la tienda en busca de la camiseta, sin resultado. Nos dimos por perdidas y al ver otra ropa que nos gustaba, decidimos probárnosla. Mientras esperábamos la fila de los probadores, miré al rededor ya que volví a sentir la presencia extraña, que durante toda la tarde me había perseguido. En una de las miradas, pude ver la camiseta que tanto estábamos esperando y salí corriendo a cogerla. En la tienda ya no quedaba nadie más que las dependientas, mis amigas se habían metido en los probadores y la luz estaba tenue lo que me produjo un poco de temor. Cuando al fin pude tener la camiseta en mis manos, una mano me tocó hombro , no era una mano normal, sino con los dedos muy finos, delicados, blancos y eran diferentes, no eran manos de persona. Al girarme, pude ver como un maniquí me me estaba sonriendo y me ofrecía varias camisetas iguales a la que yo tenía en la mano. No podía creer lo que veían mis ojos, salí corriendo hacia los probadores tirando las camisetas al suelo y cuando llegué donde se encontraban mis amigas se lo conté. Éstas no se lo creían pero las convencí para que me acompañaran donde las camisetas, cuando llegamos, las camisetas estaban perfectamente colocadas y el maniquí que minutos antes me había sonreído estaba de pie, tieso, sin ninguna opción de denominarlo como ser vivo. Mis amigas se alegraron porque había encontrado las camisetas pero se enfadaron conmigo por lo que ellas denominaron broma. Fuimos a la caja para pagar las cosas, yo no podía parar de mirar el maniquí pero no daba señales de vida. Al salir por la puerta de la tienda, volví a mirar, y de nuevo estaba el maniquí ahí, mirándome, pero estaba vez alzando la mano y moviéndola en señal de despedida.
Desde aquel día no e vuelto a entrar en esa tienda a pesar de que mis amigas hayan persistido en ello, siempre me quedo fuera y observo a ese maniquí, inerte, tieso, sin ninguna señal de vida.
Cuando he empezado a leer este relato, creía que ibais a acabar vestidas de payasas...
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